"Notas" - Isabel Alí

domingo, 20 de enero de 2013

Del cuaderno de apuntes:

Agosto 9-
El Sr. Cortez habló durante cuarenta minutos, tomándose a sí mismo como sujeto que analiza un objeto: su nariz. Objeto al que ha pasado mucho tiempo observando a distancia (si esto fuera posible) y sacando conclusiones al respecto. A pesar de haberle expresado que su nariz parece armónica con el resto de sus facciones, ha puesto especial énfasis en persuadirme de lo contrario.

De la agenda:

Agosto 9-
Al norte, la pálida meseta de la frente. Al este y al oeste, las cuencas almendradas de sus ojos calientes y salvajes. Al sur, la boca húmeda, volcánica. Y, ajena a los trazos caprichosos de cruces sobre la cara, en el centro simétrico, la magnífica estructura de la nariz gobernando la belleza majestuosa del paisaje.

Del diario íntimo:

Agosto 9-
Alejandro se comporta en forma extraña. Lo asaltaron celos infundados sobre un paciente. Creo que espió una sesión. Me pareció reconocer sus pasos en el pasillo.

Del cuaderno de apuntes:

Agosto 16-
Ha enumerado los defectos que, a su consideración, son "estigmas que carga dolorosamente": una peca sobre el tabique, cierto respingo en la posición que, de perfil, permite el asomo de los vellos que tapizan las fosas y que procede a recortar cada vez que se rasura. Una quebradura, consecuencia de un choque frontal contra un compañero en un partido de básquet, a los dieciséis años.

De la agenda:

Agosto 16-
Estoy absorta ante su hermosura. La suavidad de sus cejas azulinas, la liviandad de sus parpadeos, lo ebúrneo de los pómulos cincelados y lampiños, todo conspira voluptuosamente a través de mis sentidos. He descubierto un punto castaño sobre su mentón..., tal vez, mellizo del que ostenta su cuello, a dos pulgadas del lóbulo de la oreja izquierda, engarzado sobre la yugular.

Del diario íntimo:

Agosto 16-
Nunca antes había tenido inconvenientes con Alejandro. Desperdicia su tiempo en vigilarme. Lo desconozco. Me amenazó explícitamente durante la cena.

Del cuaderno de apuntes:

Agosto 23-
Con insistencia maniática, el Sr. Cortez habla de su nariz. No puedo tomar distancia. Debo sopesar con seriedad su derivación a otro profesional.

De la agenda:

Agosto 23-
Es como un pellizco arrancado de un durazno maduro y rubicundo. Me obsesiona hasta el límite del deseo insoslayable. Es su nariz la que extasía mis sentidos y hasta ensombrece la embriaguez que me provoca su perfume. Tal vez no un pellizco... Tal vez un mordisco, sobre la tentadora delicia de un durazno rubio y pulposo.

Del diario íntimo:

Agosto 23-
No logro que entre en razones. Asevera que tenga una relación amorosa con el Sr. Cortez. Dijo que, sin querer, oyó algunas frases de la sesión cuando pasaba por el pasillo.

Del cuaderno de apuntes:

Agosto 30-
Tomé la decisión de derivar al Sr. Cortez. La sesión de hoy volvió a girar en torno a su nariz. La semana próxima se lo comunicaré. Sé que estoy haciendo lo correcto.

De la agenda:

Agosto 30-
Siento que mis besos no tienen sentido si no se posan sobre la selénica piel de esa nariz. Moriré cuando se vaya, no habrá ya tregua para mis pasiones, porque seguiré soñando que saboreo esa peca que emula una mota translúcida de canela y ron.

Del diario íntimo:

Agosto 30-
Encontré revueltos los cajones del escritorio. ¿Alejandro se habrá atrevido a leer mis apuntes?

Escena real:

Septiembre 6-
El cielo regía soberano dentro del consultorio, emplazado con luminisidad, llegada a través de la transparencia del ventanal. Ella miraba las nubes, aglutinadas como algodones sobre los edificios y coloreadas por el cobre violáceo del crepúsculo. Las copas de los árboles se mecían con la brisa y castañeteaban las hojas unas contra otras, presumiendo un otoño que no terminaba de poseerlas. La secretaria le advirtió  que en quince minutos llegaría el Sr. Cortez. Se alisó la falda y tomó asiento. Los codos sobre el escritorio, como vértices de un triángulo equilátero que se completaba con las manos entrecruzadas, casi crispadas, sobre las que descansaba la afiebrada cabeza. Unas hebras de cabello le cubrían los nudillos como una pincelada. Los ojos cerrados, tornados hacia adentro tras el carapacho cerúleo de los párpados, fruncidos con el mismo rictus amargo de la boca.
Regresó la secretaria, trayendo un paquete que le envió Alejandro. Rasgó el envoltorio y sus dedos descubrieron un estuche de joyería. Sonrió. Le provocó placer que su esposo aspirara atenuar la conducta agresiva de los últimos días. El regalo era un signo premonitorio de que el sosiego se restablecería entre ambos. Abrió el estuche presintiendo un anillo, un broche. El terciopelo mullido y bermellón, como una amapola exultante de vida, guardaba en el hueco sin estambres de su corola inocente: la opalina rigidez de una nariz.
Azorada y trémula, rozó con sus yemas el tabique marmóreo y encontró, cartilaginosa y mal soldad, la huella de una añeja quebradura.

Nota de Alejandro, dentro del estuche:

Septiembre 6-
"Había una vez, un hombre que tenía una nariz casi perfecta"...

-isabel-ali

3 comentarios:

  1. Me gusto, muy interesante, te mando un beso y buena semana

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  2. ¡Hola!(:
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